Y me guardé tu beso, en dos poemas cobaltos
sin rima, sin métrica, con
inarmónico acento.
Dí la espalda y volví sobre
mis pasos
y en aquel texto oscuro
se quedó muerto.
En la biblioteca hay una araña
tejiendo
sin ningún agobio, sin nada de
miedo,
sobre los libros antiguos de
Batres, de Brañas,
de Miguel Angel Asturias y de
un tal desconocido
que intentó de vez en
cuando un proyecto.
También hay varios libros de
marcianos,
los gigantes de tres mil codos
de tamaño
y una estría entre el
polvo que dibujó un dedo
en el estante con
olor a moho y viejo.
Cansado soporta los libros que
nadie ojea,
conexiones de
amor, bodega de celos
del siglo XVI donde fué del
tiempo dueño.
En ese entonces se guardaban
los besos
entre la espesura de los
campos yertos,
ó en los hábitos tristes
de una novicia
que no bajó la mirada ni se
cubrió con el velo.
Pero yo retuve el tuyo entre
mis labios secos
en las várices de los
muslos ,
en la obesidad de mi vientre
y en los vértices
marchitos de mi pecho.
Qué justificación tengo
ahora para retroceder en el tiempo
si mi reloj no quiso marcar tu
receso.
Puedo crear una montaña en el
cielo
que canten los rayos del
sol,
mostrar los tesoros del
lucero.
Y que se asfixie la vela
cuando construyo un poema.
Pero no puedo encontrar,
los azules versos
donde oculté en aquella
hora,
tus mas preciados
besos.